Los últimos. Voces de la Laponia española. Un libro que hay que leer.

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A lo largo de la vida, si uno desarrolla el sano hábito de la lectura, puede encontrarse con muchos, muchos libros. Algunos de ellos se olvidarán (casi) totalmente con el tiempo. Otros se recordarán con ternura o emoción. Otros, los menos, se clavarán en la memoria como un cuchillo que quebrase el hielo. Esos, son los indispensables, porque acaban formando parte de nosotros.

Quería dedicarle en este espacio unas palabras al libro del que quiero hablar hoy, por que para mí, sin duda, pertenece a la tercera categoría; como buen turolense, nacido y crecido en esta tierra de inviernos arduos e inmensidades desérticas (no tanto por la extensión como por las pocas almas que aún resisten en ellas), el tema de Los últimos, la despoblación, me toca de cerca, me hace temblar el alma, pero además, en cuanto leí las primeras líneas, supe, por la poesía que goteaba de ellas, que este libro me iba a enamorar. Y así fue.

A lo largo de las páginas, Paco Cerdà nos relata un viaje muy especial que realizó por la Serranía Celtibérica, un concepto cuyo eco resuena cada día un poco más fuerte, un espacio que engloba parte de las provincias de Teruel, Guadalajara, Cuenca, Segovia, Castellón, Valencia, La Rioja, Burgos, Soria y Zaragoza, en el cual los pueblos se secan como charcos al sol.

Arroja datos aquí y allá sobre la desoladora realidad poblacional de esta extensión, datos fruto del estudio concienzudo y de una rigurosa documentación, pero, lejos de quedarse en la frialdad estadística, recorre en sus páginas, a través de una prosa hermosísima que, como he dicho antes, rezuma poesía, muchas de las historias personales de algunos de estos Quijotes solitarios, estos locos necesarios cuyas raíces son más fuertes que todo el polvo del olvido, estos héroes de la soledad que, por diferentes razones, resisten aún en sus hogares. Lejos de todo y cerca de nada, protagonizando “una forma de vida que está apurando sus últimas fuerzas para escapar al ingrato destino que le depara el paso de una generación: sumir en el silencio lo que ahora es un murmullo mecido por la nostalgia. Es la melancolía que anticipa, como un lento y triste fado, la saludade por la soledad en ciernes”.

Otro de los puntos claves de este libro es la crudeza con la que el autor desmonta el cliché de la bucólica vida en un pueblecito, lejos del mundanal ruido. Nada de eso. Aquí se nos retrata la dureza de la soledad, de las puestas de sol sin compañía, del mordisco de los inviernos sin nada que hacer cuando son las seis y el día ha muerto.

Confieso, por otro lado, que, si como turolense el tema de la despoblación me pone el alma tierna, como maestro, el capítulo dedicado a las escuelas de pueblo que mueren por falta de pies infantiles que las llenen de ecos, me hizo llorar varias veces.

En definitiva, una obra que merece la pena, y mucho, leer y disfrutar, porque a pesar de la dureza de sus páginas, uno encuentra cierta esperanza difusa, cierto rayo de luz que alcanza a brillar entre tanto vacío y tanta desolación.

 

 

 

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