El día en que me enamoré de un poeta

Ocurre en esto de la poesía, que un buen día uno descubre a un autor con cuyos poemas conecta a la primera, en cuyos versos ve reflejadas vivencias, sentimientos, experiencias ajenas pero que coninciden con las propias y son expresadas con tanto acierto que la certeza de sus palabras define todo eso mejor de lo que lo haría uno mismo. En mi caso todo esto me ocurrió con Ángel González, de quien me declaro seguidor incondicional.

Lo malo es cuando ocurre eso y terminas por recorrer, por agotar, toda la poesía de ese autor y sabes que nunca habrá nuevos poemas suyos. Uno puede volver a un poema una y mil veces, y saborearlo siempre de un modo diferente, pero si, además, uno tiene la suerte de encontrar un libro que analice a fondo la creación literaria de su poeta de cabecera, miel sobre hojuelas.

Si nunca me canso de recomendar la lectura de Ángel González, recomiendo también este libro, que nos permite bucear bajo la piel de su poesía, descubrir intenciones, recursos literarios, motivos… detrás de cada poema; detalles que para el ojo del lector no entrenado, suelen pasar desapercibidos.

Así pues, una lectura casi obligatoria para todos los que queráis disfrutar de la creación poética de uno de los grandes de la Generación de los 50, del cual se decía que escribía como cualquier hijo de vecino. Y como se suele decir, como muestra un botón. Os dejo por aquí un poema de Ángel gonzález y un documental centrado en él realizado por Rtve hace unos años. ¡Que lo disfrutéis!

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Canción de invierno y de verano

Cuando es invierno en el mar del Norte
es verano en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos,
mientras los baladros soleados arrastran por la superficie del Pacífico sur bellas bañistas.

Eso sucede en el mismo tiempo,
pero jamás en el mismo día.

Porque cuando es de día en el mar del Norte
—brumas y sombras absorbiendo restos
de sucia luz—
es de noche en Valparaíso
— rutilantes estrellas lanzando agudos dardos
a las olas dormidas.

Cómo dudar que nos quisimos,
que me seguía tu pensamiento
y mi voz te buscaba —detrás,
muy cerca, iba mi boca.
Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto:
primaveras, veranos, soles, lunas.

Pero jamás en el mismo día.

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