¡Sangrad tinta sin cesar!

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     Todos los que alguna vez hayáis sentido la necesidad o el impulso de coger el lápiz o el ordenador y poneos a escribir, conoceréis esa sensación que le asalta a uno cuando las palabras van cayendo sobre el folio (o van apareciendo en la pantalla), una vez superado el famoso miedo a la hoja en blanco.

     Una vez que uno ha decidido ya sobre qué escribir, las letras van fluyendo con mayor o menor soltura, y una especie de alivio va conquistando poco a poco al escritor, que empieza a sentirse cómodo frente al papel. De esa comodidad uno pasa pronto al hambre: hambre por seguir alimentando al texto, por seguir sumando línea tras línea. De esa manera la relación entre el escritor y el texto va recorriendo ese viaje natural que va desde las primeras desconfianzas hasta el acuerdo que ambos firman. Un acuerdo que no se cierra con un apretón de manos, si no que se basa tan solo en la palabra.

     Así pues, a todos los que alguna vez hayáis sentido la necesidad o el impulso de coger el lápiz o el ordenador y poneos a escribir, pero no os hayáis decidido a dar ese último paso, os animo a que venzáis a la pereza y a las malas excusas (también a las buenas, por supuesto) y os lancéis para poder conocer ese sube y baja de sensaciones que uno experimenta cuando empieza a sangrar tinta sobre el papel.